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| Rick Day |
A nosotros nos encanta llenar páginas y conversaciones hablando de libertad sexual, de vivir plenamente sin el peso de las etiquetas castradoras y de abrazar la autenticidad en cada uno de nuestros encuentros carnales. Sin embargo, la cruda realidad es que todavía a muchos de nosotros nos cuesta asimilar y aceptar la expresión femenina en otros hombres, especialmente cuando esa gestualidad se manifiesta con orgullo, con garra y sin pedir permiso a nadie. En la geografía de nuestra propia comunidad, el rechazo sistemático hacia el varón que se aleja del molde tradicional no solo es una realidad palpable, sino que en incontables ocasiones se origina y se alimenta dentro de nuestros propios espacios de encuentro, bajo el amparo de prejuicios no resueltos.
El inconveniente de fondo jamás ha sido la gestualidad o la pluma de un compañero, sino la estructura de prejuicios que llevamos sembrada en la cabeza desde la infancia. Se nos enseñó desde muy jóvenes que la hombría debía ser sinónimo exclusivo de dureza ruda, de voz grave, de mandíbula apretada y de caminar con un empaque rígido desprovisto de exageraciones visuales. Y ese libreto social, tan estrecho y falto de erotismo real, nos lo tragamos sin atrevernos a cuestionar su verdadero origen. Pero cuando nos topamos con un hombre que rompe de forma frontal con esa norma, que se expresa con fluidez, que se ríe con total soltura y que viste su cuerpo con absoluta libertad, aparece el rechazo visceral, la mirada juzgadora y el distanciamiento; un rechazo que no surge por la conducta de ese varón, sino porque su postura nos confronta directamente con nuestras propias rigideces.
Existen quienes intentan enmascarar esa discriminación bajo la cómoda etiqueta de una simple preferencia sexual, escudándose en frases que afirman que no les atraen los hombres afeminados porque prefieren a quienes parecen hombres de verdad. No obstante, la dimensión de la hombría jamás se ha medido por el tono de la voz, por el volumen del tórax ni por la forma en que alguien mueve las manos al hablar. Ser un hombre completo y seguro en el terreno personal y sexual implica también poseer la madurez de aceptar a los demás compañeros tal como son, disfrutando de la diversidad de la carne sin la necesidad neurótica de adaptarlos a nuestros esquemas de confort personal.
Muchos de nosotros fuimos educados bajo estructuras familiares o preceptos religiosos donde la energía femenina era catalogada como un atributo inferior o un síntoma de debilidad física. Al presenciar a otro varón manifestar esa naturaleza con total frescura, algunos sienten erróneamente que esa actitud nos resta valor social o mina nuestra propia presencia frente a otros. Pero el problema no reside en el comportamiento del otro, sino en la fragilidad de una masculinidad que requiere de uniformes rigidos para sentirse a salvo. A veces se rechaza al hombre afeminado simplemente porque su soltura nos recuerda de manera directa esa porción de libertad que nosotros mismos reprimimos en el pasado o que aún guardamos bajo llave en la intimidad.
En el circuito erótico y social que compartimos entre varones, la discriminación hacia la soltura de formas sigue siendo una asignatura pendiente que restringe nuestro propio goce. A menudo se pretende exigirle al varón expresivo que modere su comportamiento, que se vuelva más discreto, más neutro o visualmente más vendible para ser considerado respetable en el mercado del deseo. Sin embargo, no existe un atributo más atractivo ni un detonante erótico más potente que la autenticidad de un hombre que se muestra tal cual es, sin disculparse por su anatomía ni por su voz. La franqueza con la que alguien habita su propia piel, incluso cuando descuadra los esquemas del entorno, representa un acto de auténtica soberanía personal.
El deseo sexual es un territorio inmenso que jamás se ha limitado a un solo tipo de cuerpo, a una sola modulación de voz ni a una única forma de caminar sobre el colchón. Existen hombres con pluma que son amantes extraordinarios en la recámara, capaces de ofrecer una entrega feroz, una creatividad desbordada, una gran resistencia y una pasión volcánica durante la penetración. Así como también existen varones que desempeñan roles de liderazgo, deportistas de alto rendimiento, profesionales y guerreros del día a día que expresan su energía de formas muy diversas; todos y cada uno de nosotros merecemos el mismo respeto en la cama y en la calle, sin la obligación de forzar la postura o masculinizar el ademán para ser tomados en serio.
Erradicar el mito que vincula la expresión femenina con la debilidad, la falta de carácter o la inferioridad en el sexo es una tarea que nos compete a todos por igual. No se trata bajo ninguna circunstancia de obligarnos a sentir atracción física por alguien que no despierta nuestro deseo, sino de erradicar la costumbre de desacreditar a nuestros iguales por el simple hecho de expresar su masculinidad desde un ángulo distinto. La hombría no se diluye ni pierde su fuerza cuando le otorgamos espacio a la soltura de formas; al contrario, se consolida, se vuelve más sofisticada y demuestra una seguridad incuestionable.
Somos hombres adultos que elegimos amar, desear y compartir la vida y la cama con otros hombres. Y si no somos capaces de garantizar el respeto y la valoración mutua dentro de nuestros propios espacios de placer, carecemos de fundamento para exigir equidad en el mundo exterior. Que el deseo mantenga su cauce libre, que la expresión corporal siga siendo frontal y que la pluma deje de ser vista como una falta, para consolidarse simplemente como otra manifestación valiente de nuestra vasta y variada naturaleza masculina.
