Ahora o Nunca: El Placer No Espera

Rick Day
El tiempo es el único recurso que jamás podremos recuperar. Cada segundo que se desliza entre nuestros dedos es una oportunidad de goce que, si no agarramos con la firmeza de nuestras manos, se esfuma para siempre sin dejar rastro. Aunque cada mañana el sol vuelva a salir con la misma intensidad sobre nuestras ciudades, debemos internalizar que ningún día será igual al anterior; nuestra piel cambia, nuestra energía evoluciona y nuestras ganas exigen ser atendidas con urgencia. Postergar el placer es un pecado contra nuestra propia hombría porque el reloj no tiene clemencia y no nos debe nada.

Vivir esperando el momento perfecto es, en realidad, una forma lenta de dejar de vivir. A menudo nos atrapamos en la falsa seguridad de creer que tenemos todo el tiempo del mundo, pensando que mañana o el próximo año será el escenario ideal para amar, para disfrutar de un cuerpo ajeno o para atrevernos a esa fantasía que nos hace vibrar. Pero seamos sinceros y directos: el tiempo no espera por nuestras dudas, no se detiene ante nuestros miedos y no es indulgente con los que vacilan en el umbral del deseo. Mientras nosotros damos vueltas en la cama pensando si es el momento de actuar, la vida sigue su marcha implacable, llevándose consigo oportunidades y orgasmos que nunca regresarán.

El deseo no es algo que se deba guardar en una caja fuerte para una ocasión especial; el deseo es un fuego que se vive y se suda en el presente. Muchos de nosotros hemos caído en la trampa burocrática de postergar el placer, dejando ese encuentro carnal, ese viaje con el compañero o esa exploración íntima de nuestro propio ano para "cuando las cosas mejoren". Pero la madurez nos enseña que el momento de mayor potencia es ahora mismo. El placer es una urgencia del presente y cada decisión que tomamos hoy para satisfacer nuestra lívido construye la vida de un hombre que se sabe dueño de su propia felicidad y de su propio pene.

Dejar de perder el tiempo también significa, de manera innegociable, mandar al diablo el miedo al juicio. Nos asusta no estar lo suficientemente en forma, nos preocupa no tener la erección más dura de la habitación o no cumplir con las expectativas estéticas de los demás. Sin embargo, esas inseguridades son las verdaderas ladronas de nuestra energía vital. Conectar con quienes somos, con lo que nuestros testículos nos dictan y con el hombre que tenemos enfrente es la única validación que necesitamos para disfrutar plenamente de nuestra sexualidad.

Entendamos que el placer es un aprendizaje constante donde no hay espacio para la timidez. Cada encuentro, cada penetración y cada caricia —hayan sido memorables o simplemente un error— nos enseñan algo valioso sobre nuestra propia anatomía y nuestra capacidad de dar y recibir. En el sexo, como en la vida, se trata de experimentar sin reservas, de explorar cada rincón de la piel, de reírnos de los fallos técnicos y de saborear los aciertos con la intensidad de quien sabe que la perfección es un mito que solo sirve para perder el tiempo.

Es vital que nos rodeemos de autenticidad y que busquemos relaciones, ya sean casuales o estables, que nos permitan ser nosotros mismos sin filtros. Busquemos el afecto que nos reconozca en nuestra hombría real, el placer que no dependa de la aprobación de terceros y la compañía que encienda nuestras ganas. Permitir que el deseo sea la brújula que nos guíe hacia experiencias nuevas y enriquecedoras es el mayor acto de respeto y cuidado que podemos tener hacia nuestro cuerpo y nuestra salud mental. La felicidad honesta surge cuando dejamos de vivir con el freno de mano puesto y nos entregamos a lo que realmente queremos.

Hoy es el único día que realmente nos pertenece para tomar acción. Si hay un hombre que te quita el sueño en tu edificio o en tu gimnasio, búscalo; si tienes curiosidad por un juguete nuevo para tu próstata, cómpralo; si sientes que tu salud sexual necesita un chequeo, ve al médico ahora mismo. El tiempo no se detendrá a mirar cómo te decides, pero tú tienes el mando para aprovechar cada instante con intensidad, pasión y la determinación de un hombre que no deja el goce para después.

Nuestra responsabilidad es vivir con la potencia de quien sabe que cada descarga de placer es un triunfo sobre la rutina. No permitamos que los días se conviertan en una sucesión de trámites aburridos donde el sexo y la apariencia quedan en último plano. Asegurémonos de que cada minuto de nuestra existencia esté cargado de intención, de deseo y de esa vitalidad masculina que solo se consigue cuando dejamos de perder el tiempo y empezamos a vivir con todas las letras.

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