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| Rick Day |
En nuestro camino hacia la plena expresión de nuestra masculinidad y deseo, el prejuicio es un ruido constante que debemos aprender a silenciar. Muchos se atreven a juzgar nuestra vida, nuestra forma de amar y nuestro sexo, con una arrogancia que solo se nutre de la ignorancia. Entender que el prejuicio contra el hombre homosexual no es un problema nuestro, sino un déficit en la mente del otro, es el primer acto de poder y liberación.
La resistencia al cambio es un instinto primario que nos condiciona a rechazar lo que se sale del molde. A muchos hombres les perturba lo diferente y, por comodidad, prefieren aferrarse a ideas obsoletas y equivocadas, solo porque cambiar les exige un esfuerzo mental. Esa ignorancia les brinda una falsa sensación de control, una burbuja que no permite el crecimiento personal ni la expansión de la visión. La única forma de superar este prejuicio, es aceptar y celebrar que nuestra diferencia no es una carga a "soportar", sino una manifestación vital de la diversidad humana.
Últimamente se nos ha hablado mucho de la famosa "tolerancia". Pero seamos frontales: tolerar no es, ni de cerca, lo mismo que aceptar. Tolerar es sinónimo de aguantar, de conceder a regañadientes, como si nuestra existencia abierta fuera una molestia o un favor que nos hacen. La tolerancia es la solución de los cobardes; una indiferencia superficial que mantiene la raíz del problema intacta. El hombre homosexual que se respeta no aspira a ser tolerado; exigimos el respeto total que merecemos como hombres plenos.
Aunque celebramos los avances legislativos que buscan protegernos, la verdad es dura: ningún hombre debería necesitar una ley para aprender a respetar la vida y el deseo ajeno. Las leyes son herramientas necesarias para frenar la discriminación visible, pero no son suficientes para desmantelar la actitud. No podemos cambiar la mentalidad a punta de decretos; debemos provocar un cambio en el pensamiento y en el lenguaje cotidiano. El respeto que buscamos significa igualdad de valor real, donde nuestra orientación no sea un asterisco, sino un rasgo de nuestra identidad.
Detrás de la arrogancia del juicio, hay un miedo profundo y masculino: el miedo a perder el control y la seguridad. Hay hombres que invierten toda su energía en oponerse al avance de la diversidad solo porque temen que su privilegio o su modelo de vida tradicional se desmorone. Pero un hombre que basa su seguridad en el rechazo y la limitación de otros es, en realidad, un hombre débil. Esta resistencia al cambio solo alimenta la ignorancia, y le da oxígeno a quienes se benefician del prejuicio para mantener su posición.
Al final, la clave para neutralizar el prejuicio es nuestra propia fuerza. Se reduce a exigir respeto. No un respeto a medias, condicional, que solo nos permita movernos en los estrechos márgenes de "lo aceptable". Hablamos de un respeto que valide nuestro deseo, nuestra forma de amar y nuestro valor como hombres en toda su expresión. Nuestra orientación sexual es parte de la potencia que nos hace únicos, y debemos vivirla sin excusas.
Dejemos la palabra "tolerancia" para los débiles. Nosotros, los hombres que construimos nuestra propia identidad con audacia, exigimos y ejercemos el respeto real, porque solo en ese espacio podremos ser verdaderamente libres y vivir nuestro goce sin la sombra del juicio. Nuestra vida y nuestro placer son nuestro territorio; nadie tiene derecho a opinar sobre nuestra casa.
