Rick Day |
Nos encanta coger, y no hay por qué esconderlo. El sexo es parte esencial de cómo nos comunicamos, cómo nos vinculamos, cómo nos sentimos vivos. Pero cuando estamos en una relación, el sexo deja de ser solo una descarga física para convertirse en una conversación profunda entre cuerpos que ya se conocen, se desean y se eligen cada día.
Lo que pasa en la cama no se queda en la cama. Lo que hacemos (o no hacemos) con nuestra pareja desnudos marca la calidad del vínculo, la confianza, la conexión emocional. No se trata de cantidad ni de acrobacias. Se trata de presencia, de entrega, de complicidad. De saber si realmente estamos disfrutando o si solo estamos repitiendo el guion porque “así debe ser”.
El sexo en pareja es termómetro y brújula. Si no nos tocamos, si no nos buscamos, si ya no hay ganas ni fantasía, algo está diciendo ese silencio corporal. Y si la pasión está viva, si cada encuentro es distinto y provocador, eso también habla de cómo estamos emocionalmente. No hay relación sólida sin deseo que circule, sin roce que active, sin orgasmos compartidos con ganas.
El error es pensar que el sexo sostiene la relación por sí solo. Sí, coger es delicioso, pero si no hay afecto, ternura, cuidado, risa, admiración… lo que queda es un polvo vacío. Y a la larga, eso agota. El deseo real se construye en la intimidad del día a día: en cómo nos escuchamos, cómo nos miramos, cómo nos tocamos incluso cuando no estamos calientes.
El sexo puede aparecer al inicio como detonante, pero no debería ser lo único que nos une. Coger en la primera cita no es un pecado, pero si todo se quema en el primer encuentro, ¿qué dejamos para después? Hay algo profundamente erótico en el arte de esperar, de conocer a alguien más allá del cuerpo, y dejar que el deseo crezca con el tiempo, sin presiones, sin fórmulas.
Hacer el amor con alguien que realmente conocemos cambia todo. No es lo mismo desnudar un cuerpo que ya nos ha mostrado su vulnerabilidad emocional. No es lo mismo sentir placer con quien ya nos ha tocado el alma. El orgasmo compartido con alguien que realmente nos ve, que nos acepta, que nos desea con sinceridad, tiene un poder transformador.
Y no hablamos de celibato ni de reglas estrictas. Hablamos de conciencia. De saber que el sexo no es una moneda de cambio ni una prueba de amor, sino una forma de alimentar lo que construimos en pareja. Hacerlo con intención, con deseo genuino, con complicidad, con ternura, con ganas de explorar al otro… eso es lo que nos sostiene.
Al final, el mejor sexo no es el más atrevido ni el más técnico. Es el que se da cuando hay conexión real, cuando nos sentimos libres y seguros. Es ese en el que cada gemido es una confirmación de que estamos donde queremos estar: en los brazos de alguien que nos excita… y también nos cuida.